La idea que fundó América

Por María Ramírez

Esta semana me he mudado otra vez a vivir a Estados Unidos. Es la quinta en los últimos 17 años. En esta ocasión a Cambridge, como Nieman fellow en la Universidad de Harvard en busca de algunas respuestas sobre qué hacer con esto del periodismo.

En las dos últimas décadas he experimentado Estados Unidos como reportera y observadora (casi siempre) entusiasta. He cubierto cuatro campañas presidenciales, la explosión económica en el cambio de milenio, el trauma de los atentados, la crisis, las guerras, los altibajos del país, su grandeza y su lucha contra las miserias. Como muchos otros, no encuentro comparación con lo que me ha tocado cubrir intensamente en el último año.

Para inaugurar esta nueva etapa, he leído estos días un libro sobre los revolucionarios americanos, The Idea of America. Reflections on the birth of the United States of America de Gordon Wood, un profesor de la Universidad de Brown que ha escrito varios ensayos sobre el tema. Se publicó en 2011 y estaba en mi librería desde entonces. El libro ha cruzado dos veces el Atlántico y ha viajado en traslados por varios países conmigo pero no lo había leído hasta ahora.

En Estados Unidos, son tiempos oscuros de neonazis gritando contra los judíos, los negros y los hispanos, y un presidente que ve «gente buena» entre ellos. Pero este libro me recuerda de dónde viene la extraordinaria luz de un país con una energía difícil de encontrar.

El libro describe el republicanismo ideal que llevó a los padres fundadores a construir un Estado donde apenas había país y mucho menos sentido de una nación. 

Buenas intenciones

La monarquía europea dependía del orden impuesto desde arriba y se basaba en largas tradiciones culturales. La república americana tenía poco adonde agarrarse y sólo podía prosperar si era verdad aquello de que los ciudadanos y los gobernantes no eran corruptos ni egoístas y compartían buenas intenciones: de ello dependía la supervivencia de su experimento.

Los fundadores adoraban las ideas grecorromanas de servidores públicos y ciudadanos que no buscaban intereses particulares sino el bien común. La arrogancia de que 13 colonias con apenas dos millones de habitantes lejos de los centros urbanos de civilización estaban cambiando el mundo les sirvió para construir un Estado federal, para inventarse una identidad nacional e incluso para acabar cambiando el mundo.

El idealismo de los fundadores tenía por supuesto sus monstruos, como el miedo de Alexander Hamilton a la democracia o la hipocresía de Thomas Jefferson con su defensa del valor del individuo mientras seguía teniendo esclavos y dejaba el fin de la esclavitud para más adelante.

Los primeros años después de la revolución trajeron división, violencia y muchos pasos atrás. Incluso a principios del siglo XIX cuando ya había más negros libres que esclavos, Virginia se dedicaba a enviar esclavos a los estados más al sur para expandir las plantaciones y huir de las críticas de los vecinos del Norte.

En el avión rumbo a Boston escuché el capítulo del podcast 99% invisible sobre una ciénaga entre Virginia y Carolina del Norte donde escapaban los negros que preferían los cocodrilos a la esclavitud. Hace unos meses crucé esa frontera cubriendo la campaña y aún se siente una hostilidad latente, especialmente en el lado de Virginia.

Cuando se extendió el sufragio universal, surgieron con la misma fuerza iniciativas para limitar el derecho de voto de los negros y marginarlos de nuevas formas, incluso en los estados norteños. Y los ideales de los fundadores sobre el bien común se quedaron a medias ante el fuerte sentido del interés egoísta y la desconfianza del Gobierno.

Pero incluso en los años de las injusticias más atroces los americanos no perdieron el sentido de que eran un país joven, plástico, con capacidad de mejorar.

Algunos de los primeros ideales fueron plasmándose con el tiempo. Incluso aunque fuera por motivos prácticos. El asociacionismo y la responsabilidad personal empezaron como una iniciativa para unir a las comunidades locales alrededor de la idea federal. Hoy ese espíritu sigue vivo en cada hojilla volandera que publican los vecinos de una manzana, en cada plataforma para financiar la idea original de un emprendedor cualquiera o en cada mesita con recogida de firmas para que no cierre un supermercado de barrio.

Ser americano 

Wood recuerda que al final de la Declaración de Independencia los miembros del Congreso Continental reunidos en Filadelfia se prometieron los unos a los otros lealtad por su vida, su fortuna y su honor. «No había nada más que ellos mismos… Ni patria ni tierra ni todavía nación».

Tuvieron que crear el Estado antes de que hubiera algo claro que los uniera y lo hicieron con esos ideales en los que creían unos pocos a finales del siglo XVIII. Consiguieron transmitir el sentido de una misión común.

«Son el Estado, la Constitución, los principios de libertad, igualdad y gobierno libre los que nos hacen sentirnos como un único pueblo. Ser americano no es ser alguien, sino creer en algo», escribe Wood. «Nuestra herencia revolucionaria todavía llama la atención de mucha gente en el mundo: nuestra devoción por la libertad y la igualdad, nuestro rechazo del privilegio, nuestro miedo al abuso del poder político, nuestra fe en el constitucionalismo y las libertades individuales».

El libro es de 2011 y apenas hace referencias a la actualidad. Donald Trump era entonces un showman más de Nueva York, un poco más racista y un poco más hortera que otros de su estilo.

Pero, leído con los ojos de ahora, hay otra línea argumental en el libro que se repite y parece un aviso. Estados Unidos está basado en ideas extraordinarias pero también frágiles. Nunca tuvo la historia y el control autoritario de las monarquías europeas y eso lo hizo más libre pero también más inestable.

La república tenía que venir de abajo, «de la virtud o la conciencia de la gente». «Pero precisamente porque las repúblicas eran tan increíblemente dependientes de la gente, también eran los estados más sensibles a los cambios en el carácter moral de sus sociedades. En resumen, las repúblicas eran el tipo de Estado más delicado y frágil».

Si vuelvo una vez más a Estados Unidos es porque sigo creyendo que las ideas americanas son las que pueden cambiar el mundo para mejor. Pero también observo de cerca cómo hay que luchar para preservarlas. 

Los fundadores, pese al debate y el miedo a la monarquía, le acabaron dando al presidente poderes especiales. Creían que el presidente podía ser un símbolo de unidad y George Washington, consciente de que daría ejemplo a las siguientes generaciones, aceptó el papel incluso con una pomposidad y unas formalidades que no le gustaban.

El Senado debatió durante un mes cómo había que dirigirse a él y optó por «Su alteza el presidente de los Estados Unidos de América y protector de sus libertades». La presión de algunos y la Cámara de Representantes lo cambiaron al más informal «Mr. President» que hoy sigue siendo el estándar. Los fundadores temían el autoritarismo en el que podía derivar la democracia, pero confiaron en que el presidente mantendría la dignidad y la responsabilidad del cargo.

Trump, que reconoce que apenas lee y demuestra poco conocimiento de la historia de su país, es la encarnación de lo que más temían los fundadores. No sólo por sus acciones y su falta de autocontrol sino por su visión oscura del país. Y eso va en contra de un principio básico que fundó el país: la creencia en que las personas no son corruptas y egoístas como presumían las monarquías de la época sino que pueden trabajar juntas para un destino mejor. Eso es lo que hace de Estados Unidos un lugar excepcional.


Foto: Washington Crossing the Delaware de Emanuel Leutze/Metropolitan Museum of Art

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