Una líder llamada Kay

Por María Ramírez

La vida de Katharine Graham es una lección de liderazgo en un oficio que necesita coraje y humildad

Lo más llamativo de la película The Post es lo fiel que es a la realidad. Las escenas más emocionantes son las más documentadas, con diálogos literales y detalles precisos.

Sí, el principal problema para un pequeño periódico como el Washington Post en junio de 1971 era que en medio de su salida a bolsa Richard Nixon había vetado a la reportera encargada de cubrir la boda de Tricia Nixon. Es cierto que la caja con los papeles del Pentágono voló en un asiento en primera clase junto al periodista del Post que los consiguió. Y que la hija del Ben Bradlee hizo un buen negocio vendiendo limonada a los periodistas que acamparon durante horas en casa de su padre. Sí, Katharine Graham, a la que apodaban Kay, estaba dando un discurso de despedida en una fiesta en su casa cuando fue interrumpida para atender una de las llamadas de su vida. Es cierto que acabó en una habitación rodeada de hombres que no confiaban en ella mientras hablaba por teléfono con varias personas al aparato, incluidos Ben Bradlee, los abogados, los editores y miembros del consejo de administración. Y que, en contra del criterio de su consejero más cercano, dijo exactamente esas palabras: “Go ahead, go ahead, go ahead. Let’s go. Let’s publish”.

La película está basada en la autobiografía de Katharine Graham, Personal history (publicada en español por Libros del KO), que describe con minucia qué pasó aquellos días que, según ella, reafirmaron su liderazgo después de años de inseguridades, afianzaron su relación con Ben Bradlee y la prepararon para la exclusiva más famosa de la historia de su periódico. “Publicar los papeles del Pentágono hizo más fáciles decisiones futuras, incluso posibles. Sobre todo nos prepararon, y me temo que también a Nixon, para el Watergate”, escribe Graham.

“Por primera vez en mi vida profesional, nos convertimos en actores principales. Todas las miradas estaban sobre nosotros. Lo que hicimos fue importante para la prensa y para el país. En cierto sentido, gané confianza en mí misma. Ésta fue mi primera aparición seria en la escena nacional”.

Personal history ganó el Premio Pulitzer en la categoría de mejor biografía de 1997. Durante una de las celebraciones del centenario de los Pulitzer, en 2016, su hijo, Don Graham, decidió leer precisamente un pasaje sobre la publicación de los papeles del Pentágono.

La crisis por los papeles del Pentágono apenas ocupa medio capítulo de su autobiografía (625 páginas en la edición americana de bolsillo), pero tiene material suficiente como para producir las escenas más poderosas de una película. Tanto como para que parte de la audiencia crea que está ante una licencia poética de Steven Spielberg.

En el cine de Nueva York donde vi la película hace unas semanas los espectadores rompieron a aplaudir después la escena cumbre en la que Graham decide publicar. Pese al entusiasmo habitual del público neoyorquino, unos días después debatía aquí en Cambridge con colegas estadounidenses el efecto de películas como ésta. Después del estreno de Spotlight, el Boston Globe notó una subida inmediata en las suscripciones. Steve Jarding, profesor de una de las clases más populares de Harvard, The Making of a Politician, sugería que tal vez lo que hacía falta es que The Post se proyectara en los colegios o en otros foros por todo el país ahora que la confianza en los medios está en mínimos históricos.

¿Qué podría aprender la prensa del cine para contar de manera más poderosa su propia historia? Probablemente esa audiencia que aplaudía a Meryl Streep imaginaba que su actuación era una exageración de los guionistas y desconocía que la realidad fue igual de dramática. Se oyen menos aplausos cuando el Post o cualquiera de los demás periódicos estadounidenses publican ahora sus exclusivas y es probable que esa audiencia del barrio más demócrata de Manhattan donde vi la película se queje de que el Post no utilice la palabra “mentira” para Trump o no comprenda por qué el Times llenó su portada de historias sobre James Comey cuando el director del FBI reabrió la investigación sobre los emails de Hillary Clinton 11 días antes de las elecciones.

Los lectores tienden a apreciar la labor de la prensa con la perspectiva que da la distancia o cuando está claro el efecto de su trabajo. Graham cuenta cómo durante los meses de su investigación del Watergate, los lectores y suscriptores se quejaban (ella contestó personalmente las cartas durante años): “Acusaban al Post de tener motivos ocultos, de mal periodismo, de falta de patriotismo y de traición de la confianza en nuestro esfuerzo de llevar a las noticias a la gente. Fue un momento particularmente solitario para el periódico”.

The Post es un buen recuerdo de que la prensa es uno de los pocos negocios privados donde el principal interés es el servicio público hasta el punto de poner en riesgo los intereses de la propia empresa. Pero sobre todo el filme, igual que la autobiografía de Katharine Graham, es una lección de liderazgo en tiempos difíciles.

Los de Graham fueron especialmente complicados para una mujer en su posición. Siempre le encantó el periodismo (debutó cubriendo la apertura del Golden Gate para un periódico de San Francisco), pero durante décadas ni se planteó que pudiera estar en primer plano. Su padre, Eugene Meyer, que compró el Post en una subasta, dejó el periódico en manos del marido de Katharine, Phil, que no tenía ninguna experiencia en periodismo, y después le dio más acciones a él que a ella porque “un hombre no podía trabajar para su mujer”.

En su libro, Graham cuenta cómo la acosaba un profesor o un periodista del Post décadas antes de que el #metoo o la ley dieran opciones de queja o de denuncia. También cómo los hombres de la Casa Blanca de Kennedy silenciaban a las mujeres de mediana edad. Cómo su marido la miraba con impaciencia cuando hablaba un rato en público o cómo las mujeres tenían que abandonar la sala después de la cena para dejar a los hombres a solas (ella cambió esa costumbre).

En 1969, cuando ya era la editora del periódico, llegó a decir en una entrevista que un hombre haría mejor su trabajo que una mujer. Elsie Carper, reportera del Post, entró en su despacho y la abroncó: “¿De verdad crees eso? Porque si lo crees, dimito”.

Esa inseguridad acompañó a Graham durante casi toda su carrera profesional y aun así tomó decisiones valientes, hizo de la excelencia un modelo de negocio y salió de atolladeros cruciales como la batalla durante meses con los sindicatos que controlaban la impresión del periódico (esa historia merecería otra película).

Uno de los ejemplos de lo que es un líder es el relato que Graham hace del Watergate. “A menudo me han atribuido valentía por haber apoyado a nuestros reporteros durante el Watergate. La verdad es que nunca pensé que tuviera elección. La valentía se aplica cuando uno tiene elección”, escribe.

Una de mis partes favoritas es cómo describe el miedo que tenía después del Watergate y la dimisión del Nixon de que el éxito se les subiera a la cabeza. Ella se queja de que justo después su cobertura bajó de calidad: “Durante mucho tiempo la cobertura de noticias fue irregular y excéntrica porque la mitad de la redacción, sobre todo los jóvenes reporteros de local, estaban persiguiendo mini-escándalos”.

The Post es el retrato del buen liderazgo.

Para el verdadero final de la película hay que esperar a que pasen los títulos de crédito: “Dedicada a Nora Ephron”, se puede leer. La periodista y guionista, que murió en 2012, era una admiradora de Graham y escribió la crítica de su autobiografía para el Times en 1997. El relato de Katharine Graham, según escribió Ephron, es “hasta un grado sorprendente la historia de las mujeres este siglo”. Le habría gustado ver la película, aunque tal vez le habría cambiado el título por otro más breve: Kay.